Porque dejé Amnistía

Shaker Aamer

De vuelta en mi alma mater tras un año de estudio afuera de Escocia, varios me han interrogado en cuanto a mi falta de entusiasmo hacia Amnistía Internacional. Algunos entre mis colegas siguen asociándome con aquellas causas que emprendimos con tanto entusiasmo mientras presidía la vicepresidencia de la sociedad universitaria en mi segundo año. Dadas las dificultades por las cuales Amnistía atraviesa hoy en día, sobre todo en relación a la redefinición de su rol internacional y la reorganización de su personal, cuyos efectos están agudizándose sobre todo en el Reino Unido, la base de sus operaciones y la sede de su fundación, capaz éste sea un momento oportuno para expresarme brevemente sobre el tema.

Mi asociación con Amnistía lleva ya una trayectoria de varias décadas. En sus primeros días mi tatarabuelo paternal se inscribió a las filas de idealistas armados con tan sólo una pluma y un borrador de notas. Justo hasta la reciente electronización de sus campañas, mi abuelo respondía fielmente a cada una de las peticiones que le fueran destinados. Mi padre es un socio pago desde hace años. Y aunque solamente pueda especular con los motivos por mi adhesión más posterior a la organización, estos antecedentes seguramente me sirvieron para motivarme de cierta manera.

Durante la secundaria me sumé a una agrupación solidaria de escasa existencia, el coordinador del cual más tarde sería mi profesor de historia. Es a este flamante miembro de Amnistía a quién atribuyo mi contagio inicial por los valores de la entidad. Me sumergí en las campañas de cartas, concibiendo varias de ellas yo mismo, irrespectivo de aquellas presentadas por Amnistía. A pesar de que nuestro éxito siempre fue menor en las movilizaciones de la cafetería en un mediodía escolar, igual me llenaba de regocijo. Aún recuerdo una petición que escribí pocos días después del cese de hostilidades en Osetia del Sur, denunciando al presidente de Georgia por crímenes de guerra supuestamente perpetrados por sus tropas, así intentando contrarrestar como la comunidad internacional había pasado por alto cualquier noción de responsabilidad georgiana por el conflicto. !Acto claramente contrario al espíritu de neutralidad de Amnistía!

Mi involucramiento con Amnistía se trasladó a un escenario universitario de mayores posibilidades para el activismo. Tras un primer año inerte en la respectiva sociedad afiliada, gobernada por un comité moribundo que carecía de mayor interés por los ideales de la organización que mantenían a mí en cautivo, fui electo vicepresidente. En ese segundo año, y cuando nuestra sociedad ya gozaba de un comité dedicado, parecía que mi vida giraba en torno Amnistía. Organizamos una marcha por prisioneros políticos birmanos por la ciudad, una protesta enjaulada de Guantánamo (citado en Wikipedia en el perfil del último residente británico detenido en la base, Shaker Aamer), coincidiendo irónicamente con la ocasión del asesinato de Bin Laden, e intentamos investigar las condiciones de vida de gitanos escoceses en los alrededores de la universidad. Como delegado en la conferencia estudiantil de 2011 en Londres, me sería imposible tratar de calificar la euforia que despertó entre nosotros la liberación de Aung San Suu Kyi en ese entonces. El fin de ese año lo cerré con el maratón de Edimburgo, por medio del cual junté fondos para Amnistía en el marco de sus cincuenta años de existencia.

Troy Davis fue el centro de una de las campañas más largas que Amnistía jamás había emprendido. Condenado a muerte por haber supuestamente asesinado a un oficial de policía en Savannah, EEUU en 1989, y en base de escasa evidencia física y testimonial, su caso se extendió unos 22 años, concluyendo en su ejecución lamentable en septiembre del 2011. Yo había manifestado por él en frente del consulado estadounidense en Edimburgo con otros estudiantes escoceses. Y el día de su muerte, ya radicado en Estrasburgo, encontré cuatro otros para pararnos con carteles de cartón improvisados en las afueras del consulado estadounidense. La protesta no despertó ningún interés y la ejecución igual se llevó a cabo. Aquello fue la gota que rebalsó el vaso en cuanto a mi asociación con Amnistía.

A partir de ese momento me di cuenta cuan inefectivo, y capaz superfluo, había sido de cierta manera mi activismo para Amnistía. No había resaltado previamente como mis compañeros, y yo mismo, habíamos obedecido casi a la perfección los materiales que nos fueron redactados por Amnistía. Si Amnistía había previamente delineado un tal caso de tal modo, teníamos que seguir la línea establecida. Me acuerdo muy bien de compañeros míos cuando discutíamos las campañas conjuntas, exclamando:  “pero así dice Amnistía.” Parecía que nuestro activísimo no nos educaba acerca de los temas esenciales, no nos permitía conocer los parámetros más fronterizos de los temas, ni poder debatirlos efectivamente lejos de nuestros grupos. Nos volvía partisanos, y cuando se trata de derechos humanos, es fundamental que no lo seamos.

Podría resaltar cualquier cantidad de casos específicos que me hayan decepcionado, pero aquel de Pussy Riot me parece el más acertado. Son prisioneras políticas, es cierto. Tildar el proceso de ellas como kafkiano no sería una exageración. Pero cuando Amnistía, que con algo de atraso se adueñó del caso de ellas en el occidente, imploraba que nos adornáramos de balaclavas y mandáramos mascaras a Putin, me pregunté como carajo estaríamos ayudando a esas tres mujeres. Poseedor de algunos datos de más, sobre todo en relación al sentimiento en Rusia con respecto al caso, y la realidad jurídica del país, me pareció una trivialización grotesca de la situación.

Amnistía Internacional seguirá siendo para mí una organización valiosa y necesaria. Continuaré respaldándolos y respetando sus opiniones en cuanto lo vea apropiado, aunque su propósito fundamental se vea poco a poco más diluido. Mi vínculo con ellos sirvió como una educación importante con respecto a lo quisiera hacer más adelante, y por eso le estoy agradecido. Pero no soy ni un adherente, ni un militante de tal o tal organización, y quisiera guiarme únicamente por aquellos valores que Amnistía antes promulgaba para mí.

Soy consciente de las dificultades por las cuales atraviesa Amnistía y las limitaciones del sector en el cual se desempeñan, pero es difícil escapar de la conclusión que casos como la salida de Irene Khan y las reducciones actuales son un deservicio total a quienes hacen Amnistía aquella quien es: sus miembros. En ese respecto, no soy el único que se siente un tanto alienado por lo que sucede. Y así, teñido con algo de lamento y capaz con algo más de madurez me pongo a realizar otros proyectos, diversificando mis intereses activistas. Y con mayor autonomía y dominio de los hechos para mi juicio propio.  Aunque crea que mi abono estudiantil sigue estando activado.

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